martes, junio 28, 2011

Mi cumpleaños favorito.

La verdad es que si tengo que elegir un solo cumpleaños o acontecimiento en mi vida, me quedo muy muy corta. En mi casa, los cumpleaños siempre se festejan, sin excepción. Es así, uno tiene que festejar que cumplió un año más y entender que eso es algo bueno, que nos brinda más experiencia y que es motivo de alegría (y excusa para juntarse a comer).
Si tengo que pensar en uno de ellos, se me vienen al a la mente muchos de mi infancia, cuando invitaba a todo mi curso y en mi casa los esperaba con golosinas, puflitos, chizitos, palitos, sorpresitas y piñata. Nos cansábamos de correr y jugar por todo el patio y el jardín; algunas veces venía un payaso y nos hacía un par de juegos con los que quedábamos anonadados, y por supuesto, muy pero muy felices. La parte que más me emocionaba era la de ir a recibir a los invitados, así me entregaban el regalo que traían y yo podía abrirlo eufóricamente (no tan eufórica, me gustaba guardar los papeles de regalo casi intactos) y ver qué había. Me acuerdo que cuando cumplí 8 años si no me equivoco, trajeron a mi casa un castillo inflable… ¡¡Qué emoción!! Fue genial pasarme toda la tarde saltando, saltando y saltando con todas mis amigas, entre que comía golosinas y escuchaba música (infantil por supuesto, no me acuerdo cuál estaba de moda en ese momento).
En cuanto a cumpleaños más actuales, el de 15 fue muuuuy lindo. La fiesta en sí no fue la mejor de mi vida, pero el día de mi cumpleaños fue hermoso. Para empezar, mi mamá se “durmió”, por lo que me despertó tarde y tuve que levantarme, vestirme y desayunar apurada para llegar a tiempo. Aún así llegué tarde, y yo un poco entre dormida y molesta, entré al colegio como nunca por la puerta de adelante (no entendía porqué mi mamá estaba empeñada en dejarme por ahí). Y ahí estaban tooooodos ellos, los compañeros y amigos más hermosos del mundo en el medio del octógono cantándome el feliz cumpleaños y con un enorme pasacalle en el medio que decía algo así como: “Feliz cumple Marumú! Te amamos. Tus VIP”. Obviamente al instante se me fue todo rastro de enojo y me abalancé sobre ellos para abrazarlos a todos y a cada uno. Luego empezamos a bailar, gritar, cantar y a hacer todo tipo de payasadas inventadas por nosotros, que casi se habían convertido en un idioma que compartíamos. Fue genial. Al mediodía, después del colegio, los había invitado a almorzar, y como no todos entraban en mi auto, algunos se vinieron conmigo y otros se fueron por su cuenta. Llegamos a mi casa, y el resto no llegaba… y no llegaba… y no llegaba! Yo no entendía qué pasaba. Hasta que después de esperar, tocaron el timbre y salí a atender… ¡y ahí estaban de nuevo! Los compañeros de los que hablé antes, junto con mi prima (y hermana) y otros amigos que hacía un montón que no veía. Los vi a ellos, miré para abajo y me encontré con el asfalto pintado con un graaaaan Feliz Cumple Maru!! y todos sus nombres alrededor. Siempre había querido que me saluden pintando la calle de mi casa :D. Eso hizo que sea uno de los cumpleaños más especiales que tuve. Sumado, obviamente a que comí cosas ricas como bestia y a que me regalaron un montón de cosas lindas.

En nuestro país, el festejo de un cumpleaños creo que significa mucho más que el hecho de festejar que aún seguimos vivos. El cumpleaños es motivo y excusa de reunión, de festejo, para poder ver a aquellas personas que por una causa o por otra se nos hace difícil ver durante el resto del año, juntarnos con los tíos y primos que quizás viven lejos, y que torta de por medio, siempre se terminan acercando para llenarte de besos, abrazos y desearte un feliz cumpleaños. Y además de todo eso, es cultural, el hecho de cantar el feliz cumpleaños se convirtió en un ritual occidental prácticamente imposible de ignorar. Y en buena hora que  sea así, todos necesitamos que una vez por año nos dediquen un saludo, un beso y un abrazo especialmente para nosotros.

lunes, junio 27, 2011

Mis golosinas.

Desde chiquita me gustó el chocolate. Así como me gusta el invierno. Supongo que porque se juntan muchos cumpleaños, por ende se comen cosas ricas en grandes cantidades, lo que me da felicidad y alimenta mi espíritu.
Como decía, amo el chocolate. Y el chocolate de mi infancia, por excelencia, fue el Kinder. Mientras mi mamá dormía la siesta, sigilosamente me las ingeniaba para que a mi bolsillo lleguen mágicamente(o sacaba de mis ahorros), un par de moneditas que me alcancen para comprar el preciado huevito de chocolate con su capa interior de leche. Entonces, una vez con le dinero en el bolsillo, me dirigía a la Estación de Servicio que queda en la misma manzana de mi casa, y sin cruzar ninguna calle, llegaba al autoservicio, y lo compraba. En su defecto, si no me alcanzaba la plata para ese, tenía que conformarme con un huevito Toy’s, que sin dudas no era lo mismo, pero tenía un juguete… y con eso me conformaba. De vuelta a casa, comer el chocolate se convertía en un ritual: primero, dividía las dos mitades de la golosina lo mejor posible, y luego lo comía poco a poco mientras armaba el juguetito(la mayoría de las veces inútil, que al otro día quedaba arrumbado entre las demás cosas inútiles de mi cuarto, o en la basura).
También, ¡los juguitos congelados! Más fanática que yo de ellos, era mi mamá. Todos los veranos compraba al por mayor la caja de muchos juguitos y me pasaba siestas enteras con ella o con alguna amiga comiéndolos, sea el sabor que sea. Aparte, no me dejaba ir a comprarlos al kiosco porque si tan sólo se lo pedía, comenzaba con un discurso larguísimo sobre la falta de higiene de los negocios, que contagiaba de suciedad al envoltorio del juguito, que luego iría a mi boca y acabaría por enfermarme. Entonces… era preferible comprar la caja grande, y comerlos sin ningún problema de falta de higiene.
Además del chocolate y los juguitos, siempre tuve una especie de fanatismo por las golosinas extravagantes, esas extrañas, colorinches y llamativas. Las que más me gustaban eran las de sabor a uva(que poco de uva tenían, sólo una extrema dulzura), y me las compraba cada vez que podía, o que salía alguna nueva. Aún hoy en día cuando entro a algún quiosco y veo algún chupete hecho de caramelo, o algo que tenga lucecitas, tenga alguna forma extraña o me llame la atención de alguna manera, lo compro y soy feliz el resto del día.
Otro dulce que también consumo hoy en día, son los chicles. ¿Quién no lo hace? Mis favoritos son los de sabor sandía(porque todavía no vi ninguno con sabor a uva), o en su defecto, de fruta.
No hay nada que hacer, las golosinas me acompañarán el resto de mi vida :)





                                                              Les dejo este videito en stop motion que me gustó.

miércoles, junio 22, 2011

Asadazo

Definitivamente, la comida ocupa un lugar fundamental en nuestras vidas (o por lo menos en la mía), sin ella no podríamos vivir. Biológica, psicológica y sentimentalmente hablando. Muchas personas canalizan angustias y deseos a través de las comidas, es decir, descargan energía comiendo, lo que a su vez les produce el placer de una necesidad satisfecha.
No somos lo que comemos, pero la comida sí determina nuestro estilo de vida y nuestra salud, o al revés. Muchas veces nos definimos por las comidas que consumimos, o qué preferencias tenemos con respecto a ella.
Particularmente con el asado tengo una relación poco cercana. Eso sí, me vuelvo loca con el olor a leña mezclado con el exquisito aroma a la carne, pero con  relación poco cercana me refiero a que cada vez que como un asado, es un acontecimiento en mi vida. Primero, porque mi papá nunca fue un experto en hacerlo, y segundo porque luego de que mis padres se divorciaron, si bien mi mamá tuvo intentos de hacerlo, nunca tuvo mucho éxito. Sí, los asados siempre fueron esporádicos o consecuencia de un cumpleaños o algo que se le parezca. Y como se convertía en un acontecimiento generalmente de día domingo, siempre lo esperé con ansias durante todo el fin de semana, calculando los ingredientes perfectos que debe tener un asado dominguero, al mediodía o de noche.  
Uno de esos ingredientes, que hasta me animaría a decir que es fundamental en un asado, es la familia. No se comparan las charlas con primos y tíos con una costillita de por medio, o un pollo asado. Y una Coca. Por lo general no tomo mucha gaseosa, pero al lado del asado tiene que haber obligadamente un vaso de Coca para calmar la sed, y poder seguir comiendo. No importa si una ya está llena o no da más de tanta comida que ingirió. Si está rico, se sigue comiendo, cueste lo que cueste. Total, después se espera un ratito para que el estómago haga lugar y llegue el postre. Cuando mi mamá se esmera, lo que le sigue al asado es un suculento flan con crema y dulce de leche (que si se puede, se repite…). Todo esto sin hacernos mucho drama, ya que por último preparamos cantidades industriales de té de coca, el digestivo infalible. Después, mucha guitarra, bombo y alguno que otro que se hace el cantante pasan a ser los protagonistas de la escena. Hasta que salga el sol, o que la cama nos llame.
Reconozco que siendo Argentina, siento que debería comer aunque sea una costeleta asada todos los domingos, sentada en una mesa enorme llena de familiares y todo tipo de ensaladas, pero la verdad es que no lo hago. Ni me interesa hacerlo tampoco, prefiero mantenerlo en ese pedestal y que su llegada se convierta en un acontecimiento, esperarlo ansiosa y disfrutarlo aún más.