Desde chiquita me gustó el chocolate. Así como me gusta el invierno. Supongo que porque se juntan muchos cumpleaños, por ende se comen cosas ricas en grandes cantidades, lo que me da felicidad y alimenta mi espíritu.
Como decía, amo el chocolate. Y el chocolate de mi infancia, por excelencia, fue el Kinder. Mientras mi mamá dormía la siesta, sigilosamente me las ingeniaba para que a mi bolsillo lleguen mágicamente(o sacaba de mis ahorros), un par de moneditas que me alcancen para comprar el preciado huevito de chocolate con su capa interior de leche. Entonces, una vez con le dinero en el bolsillo, me dirigía a la Estación de Servicio que queda en la misma manzana de mi casa, y sin cruzar ninguna calle, llegaba al autoservicio, y lo compraba. En su defecto, si no me alcanzaba la plata para ese, tenía que conformarme con un huevito Toy’s, que sin dudas no era lo mismo, pero tenía un juguete… y con eso me conformaba. De vuelta a casa, comer el chocolate se convertía en un ritual: primero, dividía las dos mitades de la golosina lo mejor posible, y luego lo comía poco a poco mientras armaba el juguetito(la mayoría de las veces inútil, que al otro día quedaba arrumbado entre las demás cosas inútiles de mi cuarto, o en la basura).
También, ¡los juguitos congelados! Más fanática que yo de ellos, era mi mamá. Todos los veranos compraba al por mayor la caja de muchos juguitos y me pasaba siestas enteras con ella o con alguna amiga comiéndolos, sea el sabor que sea. Aparte, no me dejaba ir a comprarlos al kiosco porque si tan sólo se lo pedía, comenzaba con un discurso larguísimo sobre la falta de higiene de los negocios, que contagiaba de suciedad al envoltorio del juguito, que luego iría a mi boca y acabaría por enfermarme. Entonces… era preferible comprar la caja grande, y comerlos sin ningún problema de falta de higiene.
Además del chocolate y los juguitos, siempre tuve una especie de fanatismo por las golosinas extravagantes, esas extrañas, colorinches y llamativas. Las que más me gustaban eran las de sabor a uva(que poco de uva tenían, sólo una extrema dulzura), y me las compraba cada vez que podía, o que salía alguna nueva. Aún hoy en día cuando entro a algún quiosco y veo algún chupete hecho de caramelo, o algo que tenga lucecitas, tenga alguna forma extraña o me llame la atención de alguna manera, lo compro y soy feliz el resto del día.
Otro dulce que también consumo hoy en día, son los chicles. ¿Quién no lo hace? Mis favoritos son los de sabor sandía(porque todavía no vi ninguno con sabor a uva), o en su defecto, de fruta.
No hay nada que hacer, las golosinas me acompañarán el resto de mi vida :)
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